Por Claudia Duclaud
Antes de comenzar, debo hacer dos aclaraciones. Uno: no veo nada sin mis lentes. Y dos: Dios jamás se da por enterado cuando le pido que no me deje caer en tentación. Ambas declaraciones, claro está, son apenas un mal intento por descargar algo de la culpa que, al final, es toda mía.
Caminaba sola, lejos de casa, el verano ardiéndome en la piel bajo ese sol ajeno que calentaba el aire por arriba de los cuarenta grados. “¿Estás en Nueva York?”, decía el infausto mensaje con el que comenzó todo. F había visto las Instagram stories que subí; nada raro: me stalkeaba desde que nos separamos; y yo, por alguna razón enfermiza, en lugar de bloquearlo, disfrutaba que lo hiciera. Lo atípico fue que esa vez, la primera en tres años, se animó a escribirme. Así, a quemarropa, sin arriesgar ningún desabrido preámbulo que intentara romper el hielo, inquirió si me hallaba en Nueva York.
Pude haber ignorado su mensaje. Dejarlo en visto habría sido un todo un posicionamiento; algo grosero, sí, pero lo suficientemente contundente. Lo malo fue que no estaba yo para contundencias, sino para dejarme caer en el irresistible precipicio de los ojos verdes de F. “Sí”, tecleé desde el café en Brooklyn donde desayunaba una tostada embarrada de aguacate que vendían a precio de foie gras, y dudé antes de presionar el botón de enviar. Apenas leí en la pantalla “Mensaje enviado”, ya me había arrepentido.
¿Para qué le respondes?, me recriminó una voz que no sé si provenía de mi cabeza o de los despojos que el cabrón de F me había dejado por corazón. Es obvio dónde estás, ¿no? ¿La Estatua de la Libertad no lo deja suficientemente claro? Por su parte, otra voz que salía de mis entrañas o de poquito más abajo me recriminó por haber sido tan parca: ¿“Sí”? ¿Así a secas? ¿Dónde están tus modales? Pareces una incivilizada, o peor aún: una “ex” resentida.
Un nuevo mensaje brilló en mi celular. Hice acopio de todo mi autodominio para no leerlo de inmediato; había que dejar bien claro que, para mí, recibir mensajes suyos era una trivialidad y no algo que trastocara mi día. Por eso decidí esperar diez minutos antes de hacer click en “Abrir”. Levanté la mirada y busqué al camarero para ordenar más café.
Pero, ¿a quién pretendes engañar?, se burló la voz en mi cabeza, eres incapaz de esperar tanto. Tenía razón: no habían pasado ni veinticinco segundos cuando ya revisaba el mensaje con la avidez del mendigo que hurga en la basura. El mensaje que encontré apestaba peor que un contenedor de desperdicios: una foto de F, abrazando a una voluptuosa Gatúbela y a una atlética Harley Quinn, los tres sonriendo bajo las luces multicolores de los espectaculares de Times Square. “Yo también estoy en la Gran Manzana”, se leía al pie de la imagen. Mi cuerpo reconoció enseguida aquel F’s double special: gancho directo al hígado y patada justo en la autoestima. Desvié la mirada hacia el aguacate en mi tostada y lo imaginé ardiendo en llamas al contacto con las olas de bilis que mi hígado estaba vertiendo.
Me pregunté por qué elegí pasar el verano en Nueva York y no en cualquier otro lugar del mundo. Podría estar en Puerto Rico, por ejemplo, tumbada en una hamaca y tomando daiquirís como endemoniada; no en esa enorme metrópoli de hierro y asfalto recibiendo el tercer mensaje de F: “Veámonos esta noche”, y antes de que tuviera tiempo para reaccionar, el cuarto ya vibraba en mi mano: “¿Cenamos en Eleven Madison? ¿Paso por ti?”.
Habían pasado años y F no había cambiado un ápice, era el mismo cretino pagado de sí mismo que piensa que el mundo entero debe modificar sus planes para ajustarlos a los suyos. Y como yo tampoco había madurado ni un poquito y seguía siendo la misma timorata migajera de atención con graves dificultades para decir que no, era de esperarse que mis dedos escribieran el nombre y dirección de mi hotel seguidos de un “Búscame en el lobby. 8 pm”. El resto del día lo dediqué a arrepentirme y a renegar: ¿El Eleven Madison? ¿En serio? ¿No se le pudo ocurrir algo menos acartonado y pretencioso?
Con horror descubrí que nada de lo que había en mi maleta se adecuaba al código de vestimenta del lugar, así que dediqué la tarde a correr de tienda en tienda y de un barrio a otro en busca de un outfit pertinente. Por fin, en una boutique del Soho hallé un vestido que parecía la opción ideal: tan negro, tan corto y tan letal como un infarto. Ya en el taxi, con los pies hinchados de tanto caminar y embutidos a la fuerza en los estrechísimos zapatos de tacón que debí comprar para combinar con el vestido, me di cuenta de que había olvidado mis lentes sobre la mesa de noche. Traté de ser optimista: si todo iba bien, no iba a necesitarlos mucho.
¡Qué bien te ves, F! ¿Pero tú qué me dices, si estás guapísima? Intercambiamos piropos por un rato, nos contamos las novedades y reímos al recordar viejas anécdotas; pero los minutos pasaron y sucedió lo inevitable. La emoción del reencuentro, tan genuina al comienzo, se tornó poco a poco en una tensión que nos hizo recordar la razón de nuestra separación: su megalomanía era la pólvora y mi intolerancia la chispa.
Antes de una hora ya había circulado por nuestra mesa una pródiga degustación que incluía caviar aderezado con la pedantería de F; almejas en velouté bañadas en salsa de mis sarcasmos ácidos; una sublime espuma de cangrejo acompañada de las opiniones no solicitadas de ambos; y una ternera a la trufa tan cruda como mis críticas mordaces. De postre tuvimos un derroche de mansplaining y tres bolas de helado de nata con polen; todo debidamente maridado con dos botellas de vino francés que no tardaron en hacer su efecto en mi cada vez más furiosa impaciencia.
Como pude, hice un cálculo veloz y dejé doscientos dólares sobre el mantel. ¿Sabes que, F? Le dije poniéndome de pie y notando que mi lengua arrastraba penosamente las consonantes. Voy a caminar de vuelta a mi hotel. Sola. Sin nadie que pretenda explicarme lo vertiginoso de Nueva York o lo gris del Hudson. F puso cara de no entender el porqué de mi rabia, pero tampoco hizo nada por detenerme.
Apenas puse un pie en la calle, busqué instintivamente mis lentes dentro de mi bolso. No tuve tiempo de lamentar mi olvido, pues ya sentía las arcadas del vino subiendo hasta mi garganta. Ni loca entraría de nuevo en el restaurante, miré alrededor tratando de hallar algún local abierto para usar el baño. Nada. A unos cien metros, debajo de unos ruinosos andamios, divisé lo que parecía un contenedor de basura y corrí hacia él, confiada en que la soledad y el anonimato que regala una ciudad de diez millones de habitantes serían el embozo perfecto para mi desvergonzado acto de devolver el contenido de mi estómago.
Vomité la carísima cena, el vino y mi resentimiento sobre ese dispensador de periódicos que mi miopía confundió con un bote de basura. Volteé en todas direcciones, deseando que nadie me hubiera visto. Entre el vestido, los zapatos y la cena, en pocas horas había gastado un dineral; nada más faltaba que un tendero trasnochado me cobrara los diarios estropeados o que un policía me multara por conductas poco decorosas en la vía pública. Para mi fortuna, nadie se apareció; pero alcancé a ver la silueta de F que se atrevía a dedicarme un último gesto de desaprobación y negaba con la cabeza antes de abordar un taxi.
Crucé Central Park con los zapatos de tacón en la mano y caminé por la 5ª Avenida hacia mi hotel. No sé si fue la borrachera, pero no sentía frío a pesar del viento que sacudía las magnolias de la acera. Pensé que, después de todo algo dentro de mí sí había cambiado: en adelante diría que no siempre que necesitara hacerlo.
Subí a mi habitación y mis lentes me recibieron reflejando la luz azulosa de las marquesinas de afuera. El celular vibró en mi bolsillo; era un mensaje de F. No quería leerlo, así que lo borré; estaba convencida de que a los examores, lo mismo que a los muertos, hay que dejarlos descansar en paz, pues pocas cosas se auguran tan deslustrosas como las segundas vueltas.
