La disputa de lo invisible

Por Emilio Sheleeyx

Entre crisis político-militares en prácticamente todo el mundo y retrocesos histórico-sociales en materia de derechos, soberanía y dignidad humana, vivimos hoy día uno más de los aparentes procesos de desgaste del sistema económico, político y cultural del capital que acontecen periódicamente, resonando como (casi siempre, literalmente) aparatosos estruendos en las diversas acciones que toma el aparato hegemónico en su tentativa de perpetuar un statu quo que no hace falta justificar demasiado para saber que se nutre de las diversas y profundas desigualdades estructurales en todas las dimensiones.

El establishment sabe bien que el miedo, el odio, el repudio al otro, al ajeno, generan procesos de desintegración y desmovilización comunitaria que bien podrían poner en peligro su carácter dominante, extendiéndose al terreno (o partiendo del) productivo, convergiendo en el resto de las esferas de lo humano, incluyendo, y sobre todo, a las más diminutas e importantes interacciones personales, colectivas e íntimas, donde la relación mutua con el entorno social, económico y natural condiciona el imaginario del mundo y, así, su funcionamiento. Por eso, podríamos referirnos a que la batalla que se libra contra el capitalismo y sus resultantes (el imperialismo, el colonialismo, el racismo, el clasismo, etc.) se trata de una sola cosa: una batalla cultural.

Sin embargo, definir que libramos una batalla en la cultura, teniendo aquello (lo cultural) como todo eso producto del imaginario consecuencial de las relaciones humanas con el mundo, aunque cierto, resulta poco concreto; abrir tal amplitud es inútil y nos desvía de una eficaz conceptualización que nos ayude a disputar ese terreno político de la transformación primera de la realidad: la acción. Por eso, hablar de una disputa de lo invisible es hablar de una activa producción, desarrollo y formulación teórica y práctica cotidiana de la anteposición y/o superación estética, narrativa y técnica de todo eso que margina, persigue y oprime a los pueblos para beneplácito de unos pocos.

Cuando un proyecto político (en cualquiera de sus escalas, desde la organización vecinal hasta un proyecto nacional) propone estrategias de cambio en configuraciones sociales fuertemente arraigadas, se encuentra con una necesidad, en primera instancia invisible, pero clave en la operatividad y consolidación de la lucha. Esa necesidad se compone de varios factores: inicialmente, la apariencia, la primera piel, lo que entra por nuestros sentidos —por los ojos, el tacto, el gusto, la escucha—, eso que irremediablemente termina por encontrarnos en la experiencia humana entera; después, vemos la canalización de estos elementos bajo connotaciones histórico-morales, convergiendo en prenociones que, a su vez, influyen en el devenir de las sociedades, expresadas por su contingencia en lenguaje, artes, arquitectura y modus vivendi de espacios y agentes específicos en determinados tiempos, geografías y circunstancias.

Inferimos con esto que la cultura es ese resultante vivo y activo, así como que es un objeto que puede modificarse y que se instrumentaliza, si lo pensamos, para afirmar modos de dominación aceptados por consenso o, en total contrariedad, para emanciparse de esa dominación.

Podemos escuchar a las calles respirar, a los colores palpitar, al lenguaje construir, al ritmo dar sabor, al acento meterle gusto, ensoñar delirante al concreto de los edificios, los valles, las casas de campo, el barrio; las vecindades aguardan al pasar del tiempo, nidos de nuestro género animal, consecuenciales de los motivos, heridas que se vuelcan en flamante combustible que hace avanzar, repensar y hacer la organicidad pública. Eso definido es un campo de lucha permanente: la dignidad de quienes habitan aquello, la defensa de la memoria, del porvenir, es decir, de la identidad, es el plano de ejercicio activo donde nace y se hace política, refiriéndonos a política a lo que decía Bolívar Echeverría:

“Política” porque pensamos que era a ella justamente a la que hacía referencia el término “polis” en la época de los griegos; es decir, a lo que estaba en juego en el ágora, a la identidad de la ciudad, a la figura de la comunidad; a aquello que, por sobre todo lo demás, el proceso de la reproducción social “produce” y “consume”, es decir, transforma y “disfruta”, instituye y “vive”.
Definición de la Cultura, México, 2010

Entonces, la política, puesto que conviene también al resto de intereses sociales, a la vida completa y a sus formulaciones, es una política que se vuelca en el arte, en la técnica, en la profundidad semiótica, en síntesis, en la cultura, en lo invisible, y que se postula como el principal frente para todo el resto de los frentes, pues es ahí donde se vive fundamentalmente, donde se participa, se retroalimenta y donde encontramos la génesis para defendernos y construir a los pueblos, a su autodeterminación, a la decisión de su propia forma de hablar, de conceptualizar, de decir, de amar, de moverse, de comportarse, de expresarse y, por ende, de organizarse.

Hay todo por perder ante la industria cultural que empuja a la perpetuación del capital; sin embargo, la historia nos exige reivindicar no solo el origen, sino el rumbo y ser responsables de eso. Nuestra arma es la potencialidad creadora ante un mundo que normaliza la destrucción; la creatividad que resuelve y que se visibiliza a pesar de ser naturalmente etérea, impalpable. Citando a Alejandro Oropeza:

“La creatividad cultural es parte del sistema ideológico por cuanto es expresión de las ideas y valores presentes en una sociedad. Valores e ideas que se apropian a lo largo del proceso histórico de conformación de la nación, o bien a través del aprendizaje de nuevas visiones del mundo y/o técnicas que son producto de otras sociedades, o que surgen en la misma por la necesidad de resolver determinados retos que plantea el destino de esa sociedad.”
La cultura como objeto de acción política, Universidad Simón Bolívar, Venezuela, 2011

La creatividad en lo cotidiano, la creatividad como la practicidad y la transformación del entorno, de su reproducción y cuestionamiento para con nosotrxs y con todxs.

El miedo (fascismo) se organiza, pero la alegría también, y es en las artes, en lo creativo, donde encuentra la alegría su ideario, pues lo humano nunca nos será ajeno; lo humano impulsará, sin embargo, una constancia de que existir, expresar, pintar, bailar, cantar, escribir, actuar, hablar y compartir es resistencia ante el doloroso silencio de lo que es injusto.