El cielo de la selva, Elaine Vilar Madruga


Por Nicolás Durante

El paralelismo entre religión oficial, creencias populares y fe a ciegas podrían ser tres de los tópicos que trata una de las obras magistrales de la literatura cubana contemporánea: El cielo de la selva (Elefanta, 2024), de Elaine Vilar Madruga (La Habana, 1989). 

Con un relato que sigue a diferentes voces y perspectivas de la historia, Vilar Madruga elabora una historia que engancha al lector desde el inicio con una mezcla de realidad cruda y sin anestesia, pero con una esperanza y bondad aunque a ratos –muchos– desaparece. 

El cielo de la selva trata la historia de una familia que se interna en lo más profundo de una selva húmeda y violenta, que bien podría ser Nicaragua o Dominicana o La Habana, sin dejar rastros evidentes de su ubicación temporal ni el año de la historia, y sigue a personajes exquisitamente logrados como la abuela, una matriarca familiar que cría a las suyas –sus vástagos– con una fe inquebrantable en que la Selva, con mayúscula, necesita ser alimentada para no arreciar su ira contra ellos. Un dios omnipotente y despiadado. 

La anciana, cuya propia historia de vida explica por qué era más seguro para ella y sus dos hijas estar en la selva y no en su barrio donde podría ser víctima segura de una especie de militarismo patrio que masacra a los propios, es quien ejerce el poder sobre su hija, Santa –la mujer que trae hijos al mundo para alimentar a la selva– y sobre todos los demás niños y niñas que, como polluelos en una megafactoría de nuggets, solo son criados para servir de alimento a la insaciable presencia de ese vecino verde y mojado de allá al frente. La sangre inocente es la vid recién cosechada para una selva que no habla, pero se comunica de maneras perfectas con sus inquilinos: y siempre tiene sed. 

Santa es un personaje que, aunque en un paradigma clásico podría ser la antagonista, esos límites de difuminan y la pregunta que queda en el lector es si realmente hay bandos en esta historia. Quiénes son los buenos y quiénes los malos es algo no tan claro y eso obliga a quien lee a un examen propio de los estándares morales internalizados. Forzada a ser madre y cuestionando todos los parámetros occidentales sobre la tarea de maternar (ternura, protección), Santa se convierte en un ser intrigante que cae a ratos en la pesadez de una menopausia temprana, con ataques de celos cuando llega un personaje femenino joven y fértil y que, además, muestra unos rayos de esquizofrenia y canibalismo. 

La relación de Santa y el hombre que procrea a los hijos-alimento, Lázaro, es más bien circunstancial, de uso de ella sobre él, aunque arañazos de amor y obsesión aparecen para dislocar el arco narrativo de la novela y recordar que la mujer no está en este plano material para ser forzada a ser madre o buena esposa. 

La religión forma parte esencial de esta historia. La abuela se convence (como una sierva ante el altar) que su rol es alimentar a la selva porque alguien ajeno a ella le dijo que así era: una predicadora de la palabra sagrada que convence a los demás. Y la abuela forzó a los suyos, cual culto de serie de Netflix, que así eran las cosas, que no había que encariñarse con los propios porque solo servían para alimentar el hambre sinfín del dios-selva.

También recuerda esta relación porque la selva, antes de pedirlo todo, primero da. Regala comidas, compañías, felicidades. Pero a cambio pide, cual creador del universo del Antiguo Testamento de la religión católica o el judaísmo, sacrificios sin excusas. 

El relato de Vilar Madruga es una historia evidentemente de mujeres. Ellas son las protagonistas y sobre ellas va la historia. Dos otros personajes muestran la maestría de la autora para contar una historia difícil de clasificar y que va desde el thriller psicológico pasando por el realismo mágico o el gore en algunos casos. 

Ifigenia es una adolescente cuyos deseos, voyerismo y trazos de oscurantismos marcan su relación con los demás, y con ella misma con un diálogo interno memorable. La Perra, en tanto, la otra hija de la abuela, representa la obsesión y la maternidad, llevado a un punto oscuro y desbocado que no deja indiferente al lector. 

Memorable es también un personaje postrero en la historia y que recuerda los estigmas que viven las mujeres que ejercen la prostitución, de los efectos de los machos que usan mujeres en sus afanes de ser capo de la droga, y de cómo las adicciones son un hecho social con complejos recovecos en su explicación. “En la vida de una puta los nombres no tienen significado”, dice uno de los personajes que luego se transforma en parte de un círculo onírico de mujeres que cuidan, crían, acompañan a otras mujeres y crianzas. 

Del final más vale la pena comentar poco para que el lector se asombre de cómo los términos no siempre son concluyentes, y que solo se pueden lograr cierres con maestría aquellos que quedan retumbando en quien siguió la historia por varios días más. Elaine lo logra, con amplio margen. 

Nicolás Durante es periodista y escritor chileno radicado en Ciudad de México, donde colabora con medios de Chile y publicaciones mexicanas. En 2026 publicó su primera novela «Tuve que inventarme una memoria» con Editorial Gato Blanco. Escribe, porque si no, se muere.