Por Lola Horner
El hotel era barato. No tanto como para albergar cucarachas, pero casi. La colcha verde aguacate tenía manchas de líquidos opacos, sobre la pared floreada colgaban cuadros de metal repujado, representando volcanes y escenas de la vida indígena, el baño apestaba a cloro y los jabones Rosa Venus se acomodaban sobre el lavabo. Susana había recibido una mirada sospechosa del recepcionista nada más registrarse. ¿Qué hacía una señora como ella en un hotel de medio pelo? Nada bueno, hacía pensar el ceño fruncido de él cuando le entregó su llave: habitación 201. Las paredes yacían descarapeladas, la mucama tenía mal aliento, ella se sentía acorralada y quería encontrar un lugar que no le recordara a Enrique, a todos esos viajes en hoteles de lujo con las sábanas planchadas, a su perfume exclusivo y sus suéteres cien por ciento lana virgen. Enrique no aparentaba el dinero que tenía como no fuera en los pequeños detalles. Lo había tenido toda su vida, había nacido con él y, por lo mismo, no le gustaba presumir. Sin embargo, eran esos gestos los que lo delataban: dientes perfectos de ortodoncia, zapatos de marca, corte de pelo impecable. Él se preciaba de ser una persona sencilla, accesible, y lo era, al menos casi todas las veces. Ella había quedado cautivada por su encanto, y tardó en arrancarse los barrotes quince años con tres días.
Porque algo había de siniestro en Enrique y sus dientes de ortodoncista, en su sonrisa amenazadora de niño mimado. Algo oscuro se asomaba en el brillo de sus ojos, en sus constantes viajes, sus negocios a puertas cerradas. Susana decidió desde el principio, cuando era una muchacha apenas salida de la carrera de Psicología, que no quería averiguarlo ni le interesaba. Se cansó. Ahora pensaba que quizás nunca lo averiguaría, que con un poco de suerte a su exmarido se le pasaría el capricho y le concedería el divorcio rápidamente. Su historia no tenía nada de relevante, un marido poderoso que se negaba a divorciarse de su mujer-ama-de-casa, después de quince años de ponerle el cuerno alegremente, correr con los gastos de súper y decoradores, cubrir las tarjetas de crédito y los cruceros dos veces al año, el viaje de compras cada vez que Susana quería surtirse de ropa nueva, o hacerle pagar sus amoríos.
En este momento, sin embargo, Quique estaba furioso, poco dispuesto a dejarla ir por las buenas. El día en que ella exclamó: “Quique, me voy, quiero el divorcio”, con la misma tranquilidad con que le hubiera dicho que pretendía remodelar el cuarto de visitas, lo primero que él hizo fue tratar de convencerla de que nada era verdad. Ella en realidad no quería divorciarse; era una idea que sus amigas de la clase de cerámica le habían metido en la cabeza. Ella en realidad tenía que conseguirse un hobby, si hacer jarrones y ceniceros la aburría, hacerse otra lipo o cambiar de maestra de pilates. Ella no podía querer salirse de casa sin un centavo, a los treinta y muchos, para regresar con su mamá.
Ella no podía querer (siguió insinuando Enrique con su sonrisa tiburonesca) que le cancelaran las tarjetas de crédito, la enviaran a la ruina sin hijos, sin trabajo y sin dinero, ser una divorciada, una puta… Susana escuchó con paciencia como solía escuchar a su marido. Quique la besó en la frente, se fue a su masaje de los martes y anunció, ya en la puerta, que se le antojaba pollo a la naranja para cenar. Ella todavía tuvo la gentileza de encargarle el pollo a Clemen, la señora de la limpieza, cocinera y confidente discreta. Después juntó sus pocos ahorros, que consistían en lo que había podido ir sacando del cajero en las últimas semanas, llamó a un taxi y dejó la casa con dos camisas, tres suéteres y cuatro pares de pantalones de vestir.
Ahora mira su rostro en el espejo del hotel: ojos verdes, bótox, cabello que empieza a ondularse después de llevarlo alaciado durante veinte años. Le tiemblan las manos. Enrique amenazó: “¡No voy a pasar por la vergüenza de otro divorcio!”, furioso, frente a los abogados. Doña Clemen llamó llorando a casa de la mamá de Susana, a escondidas, para advertirle que se moviera de ahí. Ella sabe que la están buscando, por eso escogió el hotel más mugroso: la hace sentir segura. Después de todo es la cuarta esposa de Enrique, y lo que ocurrió con las otras tres es una historia de terror que circula de boca en boca, de casa en casa alrededor de una ciudad que, para ciertos chismes, es todavía un pueblo.
El encargo es el mismo, y el Jaguar no se sorprende. Le gusta que le llamen así. A veces, cuando alguna de las chicas se porta particularmente mal, le exige que lea las partes subrayadas de cierta novela mientras le quema los pezones con la plancha o le pega con el cable de la tele, hasta que la muy puta llora y llora y luego ya no dice nada y pierde el conocimiento. Hasta que no se desmayan no aprenden, piensa él. Después de que se desmayan se les queda grabadito en el cerebro. Y aunque le han recomendado que las mate, al Jaguar no le gusta desperdiciar su mercancía, porque en el fondo es un empresario, uno que se está diversificando: no sólo maneja chicas, sino también dulcerías, que es como llama a la cadena de narcomenudistas que dirige. A quien quiera escucharlo después de la quinta cerveza le cuenta que empezó desde abajo, con un puesto de fayuca, y hoy puede presumir de carros blindados y hombres a su cargo y muchos, muchos dólares para jugar en Las Vegas.
Enrique de verdad esperaba no tener que hacer esa llamada otra vez, la cuarta vez. Susy había demostrado ser distinta: obediente, adecuada, no hermosa pero lucidora, el tipo de mujer que puedes llevar a las cenas de trabajo con las perlas pertinentes y el escote lleno de pecas. Susy era una niña de clase media que jamás se imaginó los yates en Montecarlo, los resorts privados en Costa Rica, el departamento frente al Times Square para recibir el año nuevo. Y Enrique procuraba que no se fastidiara pagándole clases de muchas cosas, estimulándola, siendo generoso en la cama y la cartera, como le habían enseñado en su familia, y discreto con las sucesivas amantes que se sabían sin derecho de llamar a su casa.
Al final, con el recuento de los daños Susana había demostrado ser igual que todas, con la diferencia de que esta vez Enrique no estaba dispuesto a aguantar el escándalo, las miradas oblicuas en los eventos, los cuchicheos. Enrique jamás habló con nadie lo que había ocurrido con sus otras tres esposas, aunque corrían rumores y versiones distorsionadas entre sus empleados, sus vecinos y enemigos. Él reconocía que, quizás, debería irse del país un tiempo hasta que se calmaran las aguas. Le dolía dejar su casa, pero para eso había comprado el piso en Madrid, en primer lugar, aunque iba a tener que llamarle a Elisa, su hija, para que lo desocupara en breve. En cuanto el asunto estuviera concluido, tomaría el primer vuelo de Aeroméxico para Europa y se dedicaría a “elaborar su duelo”, como decían los libros de autoayuda que coleccionaba en el baño. No iba a estar tan mal, después de todo. Antes de que se le pasara el coraje, Enrique descolgó el teléfono:
–Quiero hablar con el Jaguar.
Es el negocio que siguió a la fayuca lo que mantiene al Jaguar en tiempos de vacas flacas, cuando la tira se pone estricta o si no logra meter sus influencias a tiempo, cuando le requisan la mercancía por quedar bien con Derechos Humanos. Entonces todavía le quedan al Jaguar sus soldados fieles, con los que empezó a trabajar hace más de quince años, esas pocas decenas de hombres que siguen en activo, como jauría, dispuestos a romper los cuellos que haga falta por su jefe.
Su jauría tiene encargos específicos y puntuales. En los últimos tiempos, además, casi todos públicos. El Jaguar se ríe cuando piensa que en Brasil les llaman escuadrones de la muerte. –Es mucho nombre para mis perros –dice. El año pasado fue su manada quien limpió de indigentes las calles del centro, quien se aseguró de que no escaparan niños del incendio del orfanato, quien desapareció a dos activistas que “andaban dando demasiada guerra”, como confesó el jefe de policía.
Todo el mundo necesita carne. Esa es una verdad irreductible, y el Jaguar la conoce como el que más. Moverse en el mercado negro no es tan difícil, no si conoces a Doña Amparo y le garantizas género fresquecito de primera calidad cada semana. Deshacerse de los cuerpos y ganar con la venta fue lo que lo animó a entrarle al negocio cuando se dio cuenta que la mercancía pirata no iba a hacerlo nunca rico, y el Jaguar quiso ser rico desde el día que con siete años se despertó en un colchón orinado y decidió que nunca más.
Susana piensa que Enrique tiene amigos poderosos en todos los niveles del gobierno. Ha sabido agradar a quien debe agradar y ha afianzado la fortuna de la familia de forma considerable. Algunos de estos amigos, gente como el Secretario de Seguridad Pública o el licenciado Escalante, quienes claramente comparten el gusto por el whisky caro, las mujeres y los negocios ilícitos, no gustaban a Susana.
–No te metas en lo que no te importa –reviraba Enrique, molesto–. No seas malagradecida.
Ella se retiraba, herida, porque él tenía razón. No le faltaba nada. Cuál de esos amigos siniestros tendrá el contacto con los mercenarios, es lo que se pregunta Susana. Se sabe por los periódicos que los grupos de paramilitares existen, que se mueven de noche y cubren los encargos que ni la policía ni los militares se atreven a reconocer. Se sabe, pero no se dice, que cumplen una función social importante, una que no encaja con las prisiones ni el supuesto estado de derecho. Porque hay hijos de puta que no se merecen la cárcel, dice Enrique con brillo en los ojos. Hay hijas de puta que ni aunque las maten van a terminar de pagar por lo que han hecho.
A Susana le están temblando las manos, y la última caja de ansiolíticos se le acabó hace quince minutos.
El Jaguar conoció al Lic. Enrique Ruelas cuando ambos empezaban, cuando el señor ostentaba una rabia impotente contra Victoria Ocampo, su primera esposa, Nuestra Belleza del Estado en los ochenta, mujer entaconada y contestona. Enrique llegó a rogarle al Jaguar, a escupir improperios, a estrellar el puño contra el escritorio y gritar:
–¡Quiero que sufra, la muy cabrona! –y el Jaguar le aseguró que, con su pago pronto y de contado, ese deseo sí se lo podía cumplir.
Por eso dejó que sus cachorros jugaran con ella antes de matarla, aunque no tanto como para maltratar la piel dulce y humectada, perfecta para carpaccio. La jauría se ganó un buen dinero y el jefe se aseguró de rajarle la cara para que no pudieran reconocerla.
Las influencias del Lic. Ruelas permitieron que la policía mirara para otro lado, dando por cierta la versión de que Victoria tenía un amante y se había ido a vivir a Uruguay. El Jaguar se reservó un trozo de muslo sápido para su carpaccio, y lo comió con deleite mientras Rubí, una de sus muchachas, le hacía una mamada de campeonato.
El Jaguar ha sabido hacer lo que todo empresario respetable consigue: mantener un bajo perfil y no llamar la atención de la prensa. Por eso, a diferencia de otras bandas, la jauría sigue pareciendo un mito, una leyenda que los semanarios de izquierda reviven cuando no tienen noticias interesantes. El Jaguar tiene muy buenos amigos, muchos de ellos políticos, que se aseguran de que pueda seguir cumpliendo con el servicio público y gane lo que se merece, y sabe que no debe ser ambicioso, por lo que no tiene planes de ascender a escala nacional, donde los grupos de narcotraficantes disputan su territorio a balazos. El Jaguar paga lo que debe a quien debe y de esa manera se evita las pesadillas en la noche. No consume drogas, y su única extravagancia son sus coches y sus viajes anuales a los casinos. Ni siquiera su casa tiene marco dorado ni balcones imitando fuentes italianas. Es una mansión sobria, con reja electrificada, eso sí. Al Jaguar no le gusta andar pasando sustos.
Ya ha dado instrucciones, pero sabe que este trabajo en particular lo debe de supervisar personalmente, aunque sea por puro interés: todas las mujeres de Enrique han sido guapas, carnosas, hembras para montar y degustar. Al Jaguar no le molesta coger y al tiempo comer, como exclama haciéndose el gracioso delante de sus subordinados. Al Jaguar le gusta la sangre.
Susana se ha decidido por la que, a su juicio, es la única solución posible. El teléfono estuvo sonando hace horas, pero no se decidió a contestarlo por miedo. Ha pagado tres días en el hotel. Le dejó el dinero a su mamá. Sabe que no quiere acabar en el barrio bravo, sus brazos en una bolsa y sus dedos en otra, sus orejas como postre en algún coctel elegante. Cuando no se consigue carne, ir al barrio bravo es táctica reconocida y aceptada, si bien con cautela porque nunca se sabe de dónde proviene la mercancía y si está limpia. La misma Susana lo hizo alguna vez para salir del paso en esa noche donde llegaron a cenar los diputados con sus mujeres y ella pensó que servirles camarones era suficiente. Enrique estaba frenético:
–¡¿Cómo se te ocurre, unos pinches camarones?! Esto no es tu colonia, mi reina. Esta es gente importante. Orita mismo mandas a Doña Clemen al barrio y que te consiga por lo menos unos buenos muslos.
Y ella, que creyó que eso sólo se consumía en funerales o graduaciones, perdónamequiqueperdónamequiqueperdónamequique, corrió con Doña Clemen y se aseguró de preparar los muslos con achiote que jamás le fallaban.
Ya no le tiemblan las manos, ahora está tranquila. La habitación tiene tina, por lo menos. Sonríe al pensar en la cara de decepción de Enrique cuando se entere. Se desabotona la camisa blanca despacio, el brassiere de encaje beige, la hebilla del cinturón de piel exótica. Desabrocha los pantalones que compró en Texas, se saca las tobimedias. En el espejo se observan los pechos redondos, operados y pecosos, el vientre blanquísimo, las piernas delgadas, depiladas. Susana prueba el agua de la tina.
La luz de unos faros se refleja en las ventanas del motel “Arcoíris”. Una camioneta negra con los vidrios blindados aparca frente a la recepción. Suenan tres golpes en la habitación 201. El Jaguar se baja de la camioneta justo a tiempo para escuchar los gritos de la mucama, que en todos sus años de servicio nunca había encontrado un cadáver tan maltratado, brazos y pechos y muslos sangrantes, llenos de pinchazos, imposibles de reutilizar o consumir.