Por Susana Iglesias
Cayó la tormenta sin piedad, con ella, la memoria de veintidós años de preparación para un venue. Existen ciudades que no están preparadas para un concierto, existen personas que se preparan toda una vida para un instante, soy de esa calaña. El yo de dieciséis años de Susana Iglesias está muerto y ahí estaba: delineándose los ojos con la serenidad de alguien que sabe que la música es el camino. La lluvia incesante. Tláloc urbano que orina sobre el Circuito Interior, no impidió que Ernesto Fuzz —productor legendario, junto a Tere Farfisa, es uno de los fundadores más relevantes de la escena underground garage, punk y post-punk en México— me recogiera en su auto. El Circuito Interior mar salvaje. Una travesía para llegar. Neto no quiso entrar al venue. Él los vio con Jello Biafra y la alineación original. También con DH Peligro, enorme baterista, cuyo recuerdo flotaría esa noche como un fantasma mordaz sobre el escenario. Qué honor fue compartir el concierto con José, hijo de Tere Farfisa y Ernesto Fuzz, lo conocí cuando tenía dos años de edad en la tienda Dark Zone de la calle de Manzanillo, en aquellos días cámara en mano rodaba por todos los lugares posibles del para siempre D.F un documental, sin guión, sin futuro, sin pretensión alguna, viviendo al día. Momentos inolvidables como ese concierto en El Rayo de Dead Kennedys, fotos, tocadas en Barrientos quedaron perdidos en la memoria y el cassette de una cámara que me robaron, en aquella época eran muy caras las tarjetas de memoria, era un lujo tener un equipo así, ese niño de dos años me pidió la cámara sin hablar, estaba sentado en el mostrador extendiendo sus manos, llevaba el cabello un poco largo, unos rizos hermoso, una sonrisa de novedad que jamás olvidaré, disparó varias fotos, a su corta edad. No tengo esas fotos, Ernesto y Tere sí. José es ahora un buen músico, alguien que desde antes de nacer escuchó bandas brutales, un bebé que sí se arrulló con on The Sonics, Joy Division, Dead Kennedys, The Cramps y The Scientists, entre muchos más—.
Llegamos justo cuando se armaba el portazo: esa puerta que sólo se abría por segundos, como una válvula de escape en un sistema nerviosamente violento y colectivo. «¡Prensa, prensa, prensa!», grité, José con una Leica colgada al cuello se abría paso. Pasamos de milagro. La policía cayó dos minutos después. En la revisión, «los chicles no pasan», la mota sí. La seguridad no es confiable. Vi cosas raras, but, mejor me lo reservo para un futuro distópico. Nos adentramos en la marea de personas hasta el confiable balcón frente al escenario. Dos aguas minerales, cerveza para mí, horrible, por cierto, estaba quemada. Unas papas deliciosas. El que organizaba la fila de cobro/despache, uber pilas. Muy amable la cajera, rápida, sin titubeo, con una eficacia brutal, estoy segura que si ellos hubieran estado al frente de la barra en El Rayo, jamás hubiera empezado el caos por no despachar bien las caguamas, por lentos e ineptos se armó todo. Los de la barra de HOV: tipos engreídos, lentísimos, sin oficio, no hubieran sobrevivido al Dead Kennedys del 2004, sinceramente: House of Vans merece una mejor barra, con estrellas tras ella. De cuatro tragos profundos me acabé dos cervezas en un vaso de plástico muy bonito, por cierto. Pensé:
¿Qué es Dead Kennedys sin Jello Biafra ni DH Peligro?, la pregunta sigue flotando en mi cabeza. La mitad de la respuesta me la dió la estética del concierto, muchos rucos y rucas, muchos chavos, chavas con lana para comprarse zapatillas de edición limitada, Iphones al por mayor (a crédito o no), la ausencia casi total de la periferia salvaje punk, el promedio aspiracional blanqueado actual del “punk” que ama el consumo desmedido de este necro-capitalismo. Y pese a eso, cuando abrió la noche, la estampa elegante-maldita de East Bay Ray, Klaus Floride con esa facha de duro e imperturbable me recordó que el cabrón tiene muchas agallas, por eso en 2004 lo respeté y odié a Jeff Penalty nomás.

No vengué a Jello Biafra como hice años atrás.
Solo me dejé llevar por la música.
Ron «Skip» Greer tiene demasiado veneno en la garganta, una actitud biafrana, por un momento, la salvaje interna de Susana quiso deslizarse hasta el escenario y aventarle aunque sea un vaso de plástico. No lo hice. Ron me cobró una deuda pendiente: RES-PE-TO. Cuando escupió I don’t want to go to the grave. I want to go forward to death, entendí por qué jamás me he alejado del punk aunque a veces lo odio profundamente porque yace drogado en un callejón ataviado con unas gafas Prada, perfumado con Gucci. La noche abrió con Forward to Death, un thrash nihilista breve que condensa la alienación de una generación, musicalmente es un ejercicio de economía brutal: tempo acelerado, verso-estribillo sin puente, se privilegia la percusión sobre la melodía. DH Peligro —ausente físicamente, presente espectralmente— construyó en el estudio un patrón de batería que combina golpes de caja en contratiempo con un uso intensivo del ride, creando una sensación demoledora. La letra es un rechazo frontal al contrato social. No es una apología suicida, es la fiel descripción cruda de la desesperanza. La brevedad de la canción la convierte en una declaración de principios: el punk no necesita extenderse para ser letal. Cuando empezó Winnebago Warrior, Susana de 16 se rió a carcajadas mirando al público. Muchos de ellos viviendo con las deudas de su familia. La canción es una crítica feroz a los yuppies morosos aspiracionales, campiranos de fin de semana, a esa extinta clase media que pretende «estar en contacto con la naturaleza». Musicalmente, es un ejemplo del estilo punk-hardcore-surf de la banda, riff de guitarra muteado y tremolo picking al estilo Dick Dale, bajo con línea melódica independiente, batería que alterna entre el rockabilly & straight hardcore. La música es alegre, la letra rabiosa. Para Police Truck, estaba sedienta de ginebra, me metí media anforita a la garganta, la llevaba escondida en el pelo, tengo mis trucos desde 1996. Pésima seguridad: me quitó los chicles, no la ginebra. La canción, inspirada en un hecho real en Oakland a finales de los 70: dos policías sorprendidos bebiendo en servicio, un ataque satírico a la brutalidad y corrupción policial. El bajo de Klaus Floride en ostinato rabioso descendente, Santi Guard demostró por qué fue elegido, vaya ejecución de cortes secos y fills de tom que imitan el sonido de una sirena, ride with me, ride with me, I’m gonna take you for a ride.
Viejos, rapaces, veloces, turbios, agresivos, con su hardcore punk surfeado, rockabilly/psychobilly escondido en las cuerdas de la inigualable guitarra de East Bay Ray. Humor negro e ironía, burándose de todo lo posible,
¿tocar para una marca es doblemente una crítica social?
Nunca lo sabremos.
Lo que sí sabemos:
La desesperanza de varias generaciones continúa viva en sus letras.
Buzzbomb nos recordó lo equivocadas que están algunas personas al centrar su vida en cosas materiales. El sonido intimidante, denso, una canción que se construye sobre un riff cromático descendente en la guitarra, con distorsión saturada, verso, estribillo, verso, estribillo, puente instrumental, estribillo final, con un breakdown que ralentiza el tempo para enfatizar la palabra «buzzbomb». La batería utiliza patrones de ride y crash que simulan explosiones, mientras el bajo ejecuta sin piedad sobre la tónica. La crítica al consumismo, el auto como prótesis o extensión de la identidad, el mantra vacío del macho-auto. Let’s Lynch the Landlord desnudó una vez más algo vigente: la crisis de vivienda en San Francisco a finales de los 70. El solo de guitarra de East Bay Ray con ese legado de los Beach Boys. Musicalmente, la canción se aparta del hardcore más acelerado para ofrecer un ritmo contenido con un riff que evoca el surf rock de los 60 but más siniestro. La estructura armónica efectiva. Un solo de guitarra homenaje a Brian Wilson, but invertido: los Beach Boys cantaban al sol, la playa, los DK cantan al desalojo, pobreza, venganza, rabia. La letra refleja la desesperación de los inquilinos frente a un sistema que protege a los propietarios y a sus aliados gubernamentales. Jock-O-Rama con su rockabilly hardcore nos revela la condición enfermiza por ganar. Musicalmente es una parodia a las marchas militares. La canción tiene una estructura tripartita: sección exterior en rockabilly-hardcore, tempo rápido, slap bass, guitarra twangosa, sección central en tempo lento que parodia marchas.
Ron «Skip» Greer lanzó una daga burlona: «América es el mejor país del mundo». Continuó provocando irónicamente antes de lanzarnos Kill the Poor, una feroz crítica a la mentalidad de las élites. Siempre que escucho La solución final de La Polla Records pienso en esta canción: matar a los pobres es la solución para ellos, la minoría: la élite. Musicalmente, Kill the Poor es un ejemplo de libro de texto del uso de sarcasmo y subtexto. La letra imagina una solución «eficiente» al problema de la pobreza: eliminarla bombardeando a los pobres. MP3/Get off the web la “remodelaron” pensando en la destructiva IA, asegurando que estas formas de hiperconectividad con el algoritmo como el ChatGPT han sepultado la inteligencia humana (si es que alguna vez existió). Algunos ya estaban sin playera, esperando algo, una canción violenta para estrellar sus cuerpos. Llegó Too Drunk to Fuck, el riff de EBY atascado de lujuria violenta. La letra es una sátira sobre la cultura del exceso alcohólico. Después de una rápida y limpia ejecución de Moon Over Marin con su mensaje de destrucción ambiental, pensé: creí que el punk amaba la polución. Momento emotivo cuando Santi Guard recordó a DH Peligro dedicándole la noche. Nazi Punks Fuck Off sonó, ví por ahí a algunos personajes de la escena que simpatizan con la ultra violencia y el nazismo, bailando. Este himno del movimiento punk antirracista habla también de los seres que se ponen violentos en los venues. Mi cabeza me llevó hasta el año 2004, en el que golpes, vidrios, sangre, gritos, robo, caguamas voladoras y furia se estrellaron contra los Dead Kennedys. Y llegó, entre un silencio de segundos, el sonido preciso sin titubeo de la batería, tan parecido a DH Peligro, la guitarra nítida/torera/punk del gran East Bay Ray sonó, el moshpit y todas/os enloquecimos con California Über Alles. Sátira que es una bala directa al ex gobernador de California Jerry Brown y sus seguidores fachos jipis de mierda, los opresores meditando, controlando los pueblos, matándolos de hambre, deudas, promesas vacías. Una marcha wagneriana justo en la mitad de la canción para darle tensión, un duro, provocador y melodioso Spaghetti Western aderezado con surf, con la proteína suave del bolero de Ravel distorsionado, aullidos, persecución, terror, pánico. En la versión en vivo y en estudio podemos ver la obsesión de East Bay Ray en esta pieza, él hizo la mezcla y producción de este sencillo.

Dieron las gracias, las luces se apagaron, algunas personas empezaron a irse. Ellos volvieron para un encore inolvidable. Bleed for Me habla de las dictaduras sangrientas que mal gobiernan. Musicalmente, es una canción dura, fría e intimidante. Viva Las Vegas de Elvis, demostrando que el sueño americano siempre fue una puta pesadilla. El final se acercaba, lo sabíamos. Holiday in Cambodia, el grito contra la academia universitaria y sus parásitos «radicales» de salón. La cruda realidad de los jemeres rojos de Camboya que contrasta contra la revolución cómoda de escritorio. Las luces se apagaron, se despidieron, el vocalista rompió en mil pedazos algunos set list para lanzarlos. Las personas disolviéndose poco a poco con el rostro alegre, como niños que se salvaron de batallas personales duras; algunos se quedaron, lograron que les firmara un pedazo de papel del set list, para verlo de cerca, le acercaron un disco, una playera, una bandera con las letras DK. unos lentes con una pata rota sobre la valla de escenario, un elemento de seguridad los resguardaba, el dueño encontró sus lentes, sonrió al de seguridad dándole las gracias. Los tiempos son otros, como siempre pasa, todo va mutando.
José y yo salimos de ahí muy cansados. Ernesto esperaba sobre Avenida Revolución, nos había comprado una droga dura: deliciosas donas de chocolate oscuro, preguntó cómo había estado. Hablamos del concierto en gran parte del camino, el perfecto inglés de José repitiendo lo que DK dijo esa noche. Cruzamos la ciudad y cruzamos una época al final de ese concierto. No sé si volvamos a verlos tocar. Espero que sí. Una cena de chuletas con agua mineral helada para después adentrarnos nuevamente en la noche. A las seis de la mañana pensé en lo mucho que me decepciona la obediencia, ¿próxima misión? Un antro. Le pondré: House of Bones. Nadie robó el equipo. No había caguamas. Algo de memoria, un poco de resistencia plastificada, la rabia presente, eso, en tiempos de necro-capitalismo es suficiente. Lamento no haber contribuido al portazo.
