Por Arturo J. Flores
Detuve la grabadora. O eso creí. Es imposible parar lo que nunca inició. Y la maldita traidora no registró una sola palabra de lo que Eduardo Sacheri me dijo aquella mañana de miércoles. Recuerdo que cuando terminó la entrevista, el argentino bromeó:
—Menos mal, ya no tengo que fingir ser inteligente.
Hoy me doy cuenta de que quien pretendió ser listo fui yo. Lo peor es que lo hice ignorando que lo hacía, lo que me vuelve dos veces más estúpido.
Más de una semana después de aquel encuentro, en el sillón de mi casa, con la laptop apoyada en las rodillas y el perro que dormita a mi lado, me entero de que la grabadora falló. Mientras escribo, resuena mi propia frase. No. Fallé yo. Porque no revisé que el cacharro hiciera su trabajo. Era mi responsabilidad. Sólo me quedó mentar madres hasta cansarme.
En vano busqué el archivo en los rincones de mi segundo celular. El que utilizo para todo menos para hacer llamadas: tomo fotos, hago videos y gestiono redes sociales. La grabación no aparecía porque quizá nunca tuvo lugar. Como en aquel proverbio que Lisa le recita a Bart mientras entrena a su hermano para jugar golfito en un episodio de Los Simpson, cuestionando si un árbol que cae en medio del bosque hace ruido cuando no existe nadie cerca que pueda escucharlo.
Dudo que mi entrevista con Sacheri haya sucedido. Sé que lo conocí porque conservo un registro visual. Al final de la charla —de la que no tengo certeza— le pedí que nos tomáramos una fotografía. No fue una vil selfie, porque hasta me di el lujo de colocar el segundo teléfono en un soporte y accionar el temporizador. Ahí aparece Sacheri sonriente, de camisa azul y jeans.
Yo, a su lado, luzco mucho más feliz. Sintiéndome el mejor cazador, cuando en realidad se me fue la liebre.
Debí sospechar que algo iba a salir mal, porque el día arrancó torcido. Me levanté temprano. Conecté todos mis dispositivos —micrófonos, teléfono, estabilizador— a la corriente eléctrica, para que no se quedaran sin batería. Me tomé un café. Salí con tiempo rumbo al hotel de Polanco donde se hospedaba Sacheri. Elegí ir en bicicleta. Llegué con unos minutos de más. Un empleado del Camino Real me escoltó hasta la piscina, donde el WhatsApp del representante de la editorial indicó que me encontraría con el autor de El secreto de sus ojos.
Mientras esperaba a que bajara de su habitación, alisté las máquinas. Fue ahí cuando llegó el primer aviso de la fatalidad: el adaptador de Bluetooth que permite utilizar dos micrófonos inalámbricos a la vez no apareció por ningún lado. Como en las secuencias cinematográficas que muestran una escena en reversa a toda velocidad, mi mente viajó a la semana anterior. Entrevisté a Mario Bellatin en su estudio. Ahí, en medio de un escritorio habitado por folios, libros, lámparas de mesa, una vieja máquina de escribir y una MacBook, seguramente olvidé el aparato. Distraído como soy, recién vine a darme cuenta.
Alarmado, resolví grabar sólo con el audio del teléfono. Al final, únicamente iba a escribir la entrevista; el video sólo era para mi egoteca.
Vaya iluso.
A un costado de donde nos encontrábamos, un empleado del hotel aseaba el piso con una máquina que hacía un ruido de los mil diablos. Recuerdo que me inquietó pensar que aquel escándalo se metiera en mi grabación. Vaya zopenco. Ahí era cuando tenía que asegurarme de que la grabadora estuviera cumpliendo con su labor.
Sacheri se acomodó en un sillón frente a mí. Le pregunté si le molestaba que colocara el segundo celular en el brazo. Me dijo que no. La verdad es que hubiera dado lo mismo que hubiera puesto una piedra o la concha de una tortuga. Pero ninguno de los dos lo sabía.
Recuerdo que le pregunté por la lona con la leyenda «Las Malvinas son argentinas», con la que la selección de futbol de su país celebró el triunfo sobre Inglaterra, todo a propósito de su más reciente novela, Qué quedará de nosotros, sobre tres chicos que son enviados a pelear la guerra acontecida en 1982. Recuerdo —aunque puede que no haya sido así— que el escritor trazó un paralelismo entre los seleccionados y los soldados de su historia.
—Las Malvinas siguen siendo un tema para todos los argentinos, incluso para los jóvenes, porque se habla de ello desde la escuela.
A propósito del balón, le pregunté si le gustaba la idea de que el que pasó fuera el Mundial más hipertecnológico hasta el momento. Con chips injertados en el interior de la pelota, cámaras colgadas de la cabeza del árbitro transformándolo en un cyborg programado para cazar faltas y cables kilométricos que atraviesan por aire el terreno de juego e interfieren con la trayectoria del balón.
Sacheri hizo una mueca de desagrado.
—Nos arrebataron la dicha del festejo —pronunció—, antes era gol o fuera de lugar. La vida continuaba. Pero ahora, con el VAR y las cámaras, la historia puede cambiar.
Reproduzco con hilachos de memoria nuestra conversación.
Anoche, cuando realicé el triste hallazgo —si le puedo llamar así a la acción de confirmar que algo nunca existió—, recordé aquella cita de Gabriel García Márquez que tantas veces le compartí a mis alumnos. Igual que Sacheri, también fui profesor.
Se trata de un fragmento del discurso que el autor de Crónica de una muerte anunciada pronunció el 7 de octubre en Los Ángeles, ante la 52ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa:
«Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que la casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio».
Cada palabra es un martillazo en el clavo de la palma de mis manos.
«La grabadora oye pero no escucha, repite —como un loro digital— pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral».
Pero la última sentencia me manda a la lona con la fuerza de un uppercut conectado por Mike Tyson:
«Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente».
Abordamos más temas. La charla se extendió por algo así como media hora. Un tiempo que se perdió para siempre. Conservo frases sueltas. Igual que aquellas estampas que sobrevienen después de una borrachera, pero que no te alcanzan para reconstruir la noche.
Sueño con telarañas, dice Soda Stereo en una canción.
Me recuerdo preguntando sobre la ironía que encierra una novela acerca de la amistad entre tres soldados, publicada en tiempos en los que las redes sociales generan la ilusión de que tenemos un ejército de amigos. Sacheri respondía:
—Nadie tiene cinco mil amigos. Tienes a cinco mil personas con las que estás en contacto relativo.

Casi al final de la entrevista —de la que, como de Stonehenge, solo quedan vestigios en mi cabeza—, tomé mi ejemplar de Qué quedará de nosotros y le leí en voz alta la primera página al hombre venido de Castelar: «Carlitos está convencido de que las personas se dividen en dos clases: por un lado están las que se despiertan con mucha anticipación, desayunan con parsimonia, se visten con lentitud y van al baño como si tuvieran todo el tiempo del mundo, y por el otro lado existen las inteligentes, como el propio Carlitos, que ponen el despertador cinco minutos antes de tener que salir de casa y aprovechan para dormir todo lo posible».
—Ese esperar hasta el último momento para cumplir con un plazo coincide con un síntoma de lo que muchos expertos señalan que es el trastorno por déficit de atención —le señalo—. Tengo a alguien en casa que vive con TDA y me es familiar.
Sacheri suelta una risa.
—Es que yo soy así. Si puedo hacer algo para dormir cinco minutos más, lo voy a hacer.
Esa mañana, antes de nuestro encuentro, me llegó un WhatsApp del representante de su editorial que decía: «Querido, ¿podemos retrasar media hora nuestro encuentro? Anoche tuvimos un evento y Eduardo llegó muy tarde al hotel».
Esa media hora me vino como anillo al dedo para poder treparme a una Ecobici y llegar a la cita. Creí que era mi día de suerte, aunque se tratara de todo lo contrario.
Luego de hacerme la foto con él, le pedí que me dedicara su novela. En la página que sigue a la segunda de forros escribió con sencillez: «Para Arturo, con todo afecto». Supongo que un creador de su tamaño, acostumbrado —o hastiado— de firmar pilas de ejemplares, se reserva la creatividad y la floritura para sus textos en vez de derrocharla en dedicatorias.
Me despedí. Recuerdo haber parado la grabación. La realidad es que —como dije— no se puede detener lo que nunca comenzó.
También escribo, pero no tengo claro de dónde brotan las novelas, los cuentos y los poemas. Coincido con Kipling en la existencia de un demonio interior que te dicta las historias.
Ignoro también a dónde van las entrevistas que nunca se grabaron. En una crónica sobre sus tiempos en Rock 101, Jordi Soler cuenta de dos entrevistas que se le perdieron para siempre: una con Eric Burdon, de The Animals, que realizó en vivo en la cabina y que nadie se preocupó por registrar, y otra más con Slash, el guitarrista de Guns N’ Roses, de la que no quedó huella porque, igual que yo, falló una grabadora de casetes.
De salida del Camino Real, serían poco después de las diez de la mañana, me llegó una notificación al teléfono: el viaje en bicicleta que inicié muy temprano seguía en curso. Para quienes nunca hayan utilizado el servicio, uno puede realizar viajes de hasta 45 minutos; después, la aplicación cobra tarifas extras. Digamos que, aunque yo la había estacionado en la base, algo en la matriz había fallado. En un universo alterno, yo seguía rodando por la ciudad cuando en realidad estuve sentado con Sacheri charlando sobre Qué quedará de nosotros.
Para qué entrar en detalles. Solo diré que perdí dos horas peleándome con un bot de Ecobici en WhatsApp, discutiendo en el teléfono con un —aún más irracional— ser humano y viéndome obligado a grabar un video para demostrar, en caso de ser necesario, que yo había anclado el transporte de dos ruedas en la estación, aunque el sistema dijera lo contrario. También menté madres hasta quedar agotado.
Detuve la grabadora. Así empezó esta crónica. Eso imaginé, porque en realidad ella nunca comenzó a grabar. También estacioné la bicicleta en el puerto de Ecobici. La computadora decidió que no. Y la misma mañana que entrevisté a Sacheri, un investigador de Anthropic renunció a su empleo argumentando que existe un 10 por ciento de posibilidades de que la inteligencia artificial acabe con la raza humana.
A mí estuvo a punto de matarme de un coraje.
