Edgar Arredondo y la novela sobre la isla mexicana que alguien hizo hundir

Edgardo Arredondo es un escritor médico ortopedista yucateco que recientemente dio a conocer su más reciente novela, La Bermeja, una obra que combina ficción, pero se basa en hechos históricos. Aborda la supuesta existencia de una isla que fue hundida.

¿Cómo surge la primera idea detonante para hacer una novela? En particular, hablando de La Bermeja, ¿cuál fue el detonante o el punto principal que te hizo decir «tengo que escribir esta historia»?

Esto viene desde la época de la preparatoria, por el vínculo con quien fue mi maestro de literatura, el poeta Roger Campos. Él me platicaba acerca de una isla que, según parecía, estaba frente a las costas de Yucatán y que fue intencionalmente sumergida. No es que se haya hundido por un accidente de barcos, sino que la fueron escarbando para hacerla desaparecer.

Casualmente, esa isla era el punto toral para fijar los límites de recursos de hidrocarburos entre Estados Unidos y México en el centro del Golfo de México, en el famoso «hoyo de dona». Me acuerdo que desde entonces él me hablaba de José Miguel Colchelo, un senador del PAN que fue un férreo defensor de la teoría de que los estadounidenses hundieron la isla para quedarse con más petróleo.

También el autor Mendívil, en un libro sobre los secretos de Pemex, menciona que este hombre estaba obsesionado con la idea de que habían hundido la isla. Todo parece indicar que el accidente donde muere el senador fue muy sospechoso, similar a cómo eliminaron en su momento al «Maquío» Clouthier o a otros personajes. Con base en eso, y en un montón de recortes de periódicos que el maestro siempre me da cuando le gusta un tema, nos dimos cuenta de que efectivamente no todo era un simple error de tipografía.

Decidí hacer una historia desde los tiempos en que empieza a describirse la isla, hasta que aparentemente los estadounidenses dicen que no hay ningún problema porque la isla ya no existe, quedándose con el petróleo. Como teníamos una línea de tiempo muy larga, decidí dividirla en tres relatos en tres épocas distintas: La época de los piratas, la Segunda Guerra Mundial y la época contemporánea. Todo esto está aderezado con ficción, pero a mí me gusta mucho escribir sobre hechos reales. 

¿Qué tanto te demoraste haciendo la investigación pertinente antes de sentarte a escribir?

Sí lleva tiempo. Cuando la novela es estrictamente histórica, como me pasó con Amarílico, tienes que ser tan exacto que no puedes cometer errores cronológicos en las líneas de tiempo. No puedes decir, por ejemplo, que el médico cubano Carlos Finlay estaba sentado leyendo cierto periódico si ese diario se fundó tres años después, o que mandó un telégrafo en un año donde todavía no era posible. En el caso de Bungo, me tomó más o menos tres años armar todo porque era muy complicado desentrañar el rollo de la guerra civil.

Aquí en La Bermeja tal vez fue un poquito más sencillo; me tomó como un año investigar. Incluso, en un viaje a la Ciudad de México, en una librería de viejo de la calle Donceles, encontré la réplica de un mapa donde aparecía la isla Bermeja. Con eso terminamos de armar todo, aunque llegamos a la triste conclusión —que todavía mucha gente me rebate— de que la isla simplemente nunca existió.

Saber que no existió fue el pretexto para construir la trama. Incluimos la cuestión de los nazis espías que conforma la segunda parte, ya que soy muy aficionado a los temas de la Segunda Guerra Mundial. Para la parte contemporánea, utilicé a los políticos mexicanos, quienes funcionan muy bien como personajes literarios, aunque solo sirvan para eso porque en la realidad no los amamos. Es muy interesante analizar la época cercana al año 2000, cuando se da la transición del PRI al PAN y estaba sobre la mesa si el presidente Ernesto Zedillo firmaba o no los tratados, ya que él mandó una expedición de la armada a buscar la isla y no encontraron nada.

Estructurar la trama me llevó cerca de un año. Una vez que tienes el hilo conductor, es como tender la ropa para que se seque: si tu hilo es muy corto, vas a colgar poca ropa. En este caso, el hilo conductor fue bastante firme, y lo curioso es que no fue un personaje, sino una isla que además no existió. Escribir sobre islas es fascinante y tiene grandes antecedentes en la literatura, como El señor de las moscas de Golding, La isla misteriosa de Julio Verne o La isla del tesoro de Stevenson. El mismo Ernest Hemingway tiene ejemplos notables de escritura en entornos marítimos e isleños que se prestan mucho para ver la psicología de los personajes en acción.

Tienes una formación clínica y científica por el hecho de ser médico y, sin embargo, también tienes desarrollada una vena imaginativa y literaria. ¿Cómo se funden en tu creación estas dos posiciones que aparentemente pudieran ser opuestas?

Yo siempre he defendido a nuestro gremio, a pesar del golpeteo que hemos recibido en los últimos años en muchos aspectos, y creo que no hay carrera con un sentido más humanista que la medicina. Siempre he sido un convencido de esto, y a mis alumnos les decía que cultivaran un arte: ya fuera escribir, pintar, tocar la guitarra o bailar. Esto no lo digo yo, lo decía el doctor Ignacio Chávez en los años 50 del siglo pasado: el médico que cultiva un arte se vuelve más humanista. El médico humanista es aquel que entiende mejor a la otra persona; entiende el sufrimiento del paciente, su dolor, sus alegrías y se vuelve empático. El médico humanista que desarrolla esto está a nada de volverse humanitario o altruista.

Ya por último, me gustaría saber tu perspectiva como escritor independiente que transita al margen de la gran industria editorial. ¿Esto te ha generado alguna vez un sentimiento de frustración o, al contrario, prefieres navegar de manera libre como los piratas de los que escribes?

Cuando hice mi primera novela, Detrás del horizonte, el Instituto de Cultura de Yucatán me apoyó muchísimo. Luego vino mi novela más conocida, De médico a sicario, cuya edición se agotó en Yucatán en prácticamente tres meses. En ese momento ya estaba con el proyecto de Me llamo Juan.

Así empecé, pero luego ves convocatorias culturales del ayuntamiento de Mérida, que tiene una labor muy buena, donde el premio si ganas no es tanto el dinero en efectivo, sino que te publican la obra pero ellos se quedan con los derechos de tu trabajo. Cuando pasa eso, te cuestionas la situación. Afortunadamente, yo vivo de la medicina, por lo que no he tenido ese problema económico. Durante muchos años estuve con una editorial, pero al final tuvieron problemas y prácticamente ya no existía cuando salió la primera versión de Amarílico, por lo que tuve que buscar otra opción.

Actualmente me sentí como los futbolistas que cambian de camiseta; entré con la editorial Ediciones de Books con unos amigos romanos y me siento muy contento y feliz con ellos. Como les he dicho, la inversión se recupera sin lugar a dudas. ¿Se puede vivir de los libros? Yo creo que sí, si vendes un montón de ejemplares. Sobre todo si escribes un libro diciendo que los aztecas eran muy buena onda, que no mataban a nadie y que los españoles los echaron a perder; si tienes influencia, salen 30,000 ejemplares y te los van a comprar de inmediato. Así es muy fácil.

Llegar a esa escala de manera independiente es muy difícil. Desde el punto de vista institucional, está muy bien la posibilidad de generar algo que se publique con recursos públicos, pero sinceramente yo me hago a un lado porque considero que los autores emergentes son quienes deben aprovechar esas oportunidades.

Mientras tanto, yo puedo mantenerme por mi cuenta. Alguien me dijo una vez de forma muy hiriente que mi único mérito literario era tener el dinero para publicar mis propios mil libros. Yo definitivamente no lo veo así; lo veo como la fortuna de tener una solvencia económica que me permite navegar en la literatura, lo cual me hace muy feliz. 

En el gremio médico hay muchas personas a las que les gusta escribir, y yo siempre les digo: «Vete por la libre». Si vas a la Secretaría de Cultura a pedir apoyo para publicar, la realidad es que no hay dinero. No culpo a este o al anterior gobierno; la cultura no siempre es prioridad en un país con tantas necesidades. Si es así, muévete de forma independiente o busca un patrocinador. No importa si tu cuarta de forros dice «Bajo el patrocinio de Coca-Cola o Galletas Gamesa», eso es lo de menos si realmente quieres avanzar en este camino.