De arriba lumbre

Por Raúl Motta

«Sin embargo, se tolera, y se sonríe y se saluda… porque así es la vida».
Roberto Arlt

Lo primero fue un estallido. Lo segundo un infame destello. Lo tercero las recias llamas sobre el papel. Lo que sucedió después fue un silencio abismal en el cuartucho de paredes grises sin enlucir. ¿El silencio es blanco o es negro? Blanco para los que se quedan atrapados entre las palabras; negro para los que nunca más pueden hablar. Sobre una mesa oxidada y traqueteada de Carta Blanca se extendía un rebaño de fichas de dominó. Lautaro ya no pudo retobar las acusaciones que le hizo Evaristo. Del cogote le brotó un silbido y un manantial de sangre, no palabras. Salpicó las fichas blancas con señas negras de un rojo persa, en un patrón tan arcano que parecía el presagio de lo inevitable. Las fichas de Lautaro cayeron a la mesa dejándose ver. Su cuerpo también cayó de la silla gris y oxidada golpeando contra el suelo de cemento pulido. Se fue de espalda dando un chingazo seco y duro. La mula de tres del juego de Lautaro ya se le había ahorcado. No podía ganar la partida. Es de mal agüero que se te ahorque la mula de tres me decía siempre mi abuelo. El borlote que teníamos antes de que el fuego se regara desde el canuto del revólver calibre veintidós de Evaristo regresó sin avisar. Y ni modo de reclamo. Porque yo llegué a caballo. Estoy regando el rosal. Pa’ cortar la flor de mayo. Perdóneme rey de copas. Pero yo soy de a caballo. La música que teníamos a todo tren se volvió a escuchar en la habitación. Leopar y yo no supimos qué hacer; nos quedamos como piedras, nomás vigilando. El tiempo se había vuelto un chapopote y casi no se movía en el mero instante en el que la pistola negra con la culata de madera, que de tan sobada había perdido color, detonó por la voluntad del dedo en el gatillo de un tremendo hijo de puta, de cara limpia y ojos glaucos, que pensó en acabalar la suerte de todos los presentes como el cantar del gallo a la madrugada. El disparo me pareció despertar de golpe y porrazo las emociones más enterradas y los miedos más escondidos de los cuatro que jugábamos a la rueda de la fortuna con nuestras malas vidas heredadas desde churumbeles, desde pirinolas, quizá desde antes de nacer. ¿Quién decide lo que a cada uno le toca? ¿quién es el responsable de tanto llanto ahogado en el gaznate de todos? ¿quién puede ser tan hijo de la verga? ¿quién puede ser tan culero? El amor y la lumbre vienen del cielo, me decía mi madre. Y si juegas sin malicia. Porque no les tienes miedo. Esperando a sota de oros. Te aparece un caballero. Dispense, mi buen amigo. Es que yo llegué primero. Al escuchar el tronido del plomo saltamos de las sillas como si nos hubieran puesto un cuete en el culo. Lautaro, tirado sobre el suelo refulgente, miraba fijo la luz pálida y parpadeante del faro del techo. Con un agujero en el cogote se llevó ambas manos al cuello para intentar frenar el flujo de sangre que había empezado a manar desde el primer día que se dio una mano con el Evaristo. Nos sorprendió a todos que siguiera vivo. Lo supe por las pinches caras de asombro que pusieron todos los jugadores. La sangre le escurría por el cuello, mojando la camisa blanca con flores negras que traía puesta. Era su camisa de la suerte, según nos dijo al empezar a mezclar las fichas. Con los ojos pelones del miedo, ese miedo que te da la certeza de que la muerte se te arrima sin remedio, Lautaro, metió la punta del dedo índice de su mano derecha al agujero de la bala, en un último intento para detener lo único que es inevitable. Quería hablar, pero sólo le salió un silbido. Se estaba ahogando con su miseria y con su sangre. El silbido. Ese pinche silbido. Una música quieta que nunca voy a olvidar en mi puta vida y que era el intento de unas últimas palabras de Lautaro. Palabras que nunca sabré cuáles eran, qué cosa querían acariciar como en un roce postrero de este mundo que se nublaba en sus ojos transparentes al derramar sus lágrimas. Lloraba, lloraba desesperado por no poder hablar y porque sabía que nadie entendería el significado de su estertor. Moriría sin decir lo importante, lo más valioso, lo único. Moriría como todos vamos a morir: en la angustia de saber que no fuimos comprendidos. Nadie, ni nosotros mismos, podemos descifrar el motivo de nuestra vida.  A Lautaro se le desplomaron a los costados las manos, el cuerpo le temblaba, la mirada se le había perdido. Se cagó: nos dimos cuenta por el hedor a mierda que era insoportable. Evaristo, sereno, colocó la pistola en la mesa, le dio unas últimas caladas a su cigarro mientras veía, sin chistar nada, a Lautaro morir en un pozo de sangre e inmundicia. El papel ardía sobre la mesa y sus cenizas volaban por la habitación. El silbido se detuvo. La agonía terminó. Tuve ganas de vomitar, sentí un dolor muy cabrón de tripas. El cuerpo de Lautaro yacía en el suelo con los ojos y la boca abierta, apestando, con la noche metida en el corazón que ya no latía. El bigote lo tenía tieso por la sangre que le escurría por la nariz, la piel de su jeta parecía que se había puesto cetrina y lo hacía ver más viejo de lo que era. Esa nota que se quemaba, Evaristo se la había arrojado a la cara a Lautaro en pleno juego, así nomás, de la nada. En el mismo momento en el que Lautaro la leía, Evaristo le gritó: Me traicionaste, pinche alacrán con alas. Justo después disparó. Evaristo tomó su fierro de la mesa y se lo guardó en la cintura, puso el dinero de la apuesta en las bolsas de su pantalón, abrió la bolsa plástica de la blanca y la probó con el dedo meñique antes de hacerla rollito y guardarla también. Le di un trago bien macizo a mi caguama para intentar componerme. 

Lautaro estaba pagando el valor de su apuesta en perico. Nos habíamos jugado todo lo que teníamos, no sabíamos que la vida también. Evaristo nos habló a Leopar y a mí con mucho sosiego: Chingó todo a su madre. Nadie vio nada. ¿Está claro, mis chuchos? Si alguien canta se lo carga la mera verga. No creo que les den los huevos para entrarle a lo pantera. ¿O sí? Ese pendejo era mi padre. Mató a mi madre cuando era chamaco y me abandonó. Se merecía todo lo que le pasó el muy puto. Ninguno de los dos sabía si eso era verdad o sólo quería llevarse la droga y el dinero. Leopar replicó que lo dejara llevarse su parte, que era lo único que le quedaba. Evaristo sacó el arma y le disparó en la cabeza sin dudar. La sangre de Leopar me salpicó la cara y la camisa. Guardó el arma, me miró directo a los ojos, con la mano me hizo un gesto de silencio para después decirme: Secreto de dos, secreto de Dios. Se dio la vuelta, caminó hacia la puerta haciendo sonar sus botas contra el piso y se fue como había venido. Voy a jugarme un albur con una baraja de oro. Que si lo gano ya estuvo. Y si lo pierdo ni modo, porque yo soy de los hombres que cuando pierdo no lloro. El cuerpo de Leopar quedó tendido en el mismo suelo que el de Lautaro, soñando el mismo sueño.Tomé la mula de tres de la mesa, le di un beso y la guardé en la bolsa de mi camisa. Memoricé el orden de las fichas de la partida lo más rápido que pude. Había perdido todo, menos la vida y eso ya era suficiente para presumir mi suerte. Aquella ficha ya nunca sería un mal presagio, sino lo contrario. Salí corriendo de la casa de Leopar con la sensación de que me estaba asfixiando. Afuera jalé aire como si hubiera salido del agua después de un chingo de rato. Me tiré de rodillas en la tierra, vomité un líquido amarillo y denso. Con la mano limpié mi boca y lloré como cuando era un niño. Al mirar al cielo abierto y nocturno supe que los astros estaban dispuestos de la misma manera que las fichas en la mesa blanca. Siempre hay fuego en el cielo; nomás que no sabemos cuándo nos va a llover.