Texto y fotografías Denisse Ureña / @denisseure_
Desde la Ciudad de México, sobre caminos que se tiñen de violeta, resisten las Capuchas Rosas, mujeres que bailan entre sombras y rayos de sol que irradia, en un acto de protesta y memoria durante la conmemoración del Día Internacional de la Mujer.
Inspiradas en las cruces de Juárez —memorial que visibilizó el concepto del feminicidio—, la colectiva feminista representan la fuerza de quienes reivindican su derecho a vivir sin miedo. Entre historias desoladoras, la unión de las Capuchas se sostiene en sus corporalidades, que vibran al son de sentires compartidos como víctimas de abuso y violencia sexual.
“Nuestra cuerpa es nuestro primer territorio de defensa”, añaden, recordando que sus existencias han sido históricamente oprimidas y violentadas, y que ahora —a través del arte y el performance— toman las calles para reclamar su autonomía.
A través de ritmos y danzas que transforman la rabia en denuncias que confrontan la violencia de un sistema, ellas dejan claro que su mayor resistencia será “la venganza de ser felices”.
En la lucha enardecida de las mujeres del país, guiadas por un mismo grito de justicia, el acto de utilizar el cuerpo transmuta en reclamo y declaración de independencia como una apropiación del territorio desde un arte combativo y rebelde.
Más allá de cubrir identidades y miradas heridas, la capucha rosa permite emancipar el alma, concediendo que cada mujer sea ella, desde el grito, el baile y la protesta en libertad, recordando que hay luchas que nacen del dolor pero que florecen en lo colectivo.




